sábado, marzo 15, 2008


Los culpables

Juan Villoro

Todo empieza una calurosa tarde en las afueras de Sacramento, cuando un dudoso aprendiz de guionista regresa a la casa de su hermano. A partir de entonces, la frontera entre México y Estados Unidos, el mundo de la inmigración ilegal y las secretas pasiones compartidas de ambos formarán una carambola de silencios a punto de explotar. Este cuento magistral, que adelantamos, da título al libro de relatos que Interzona distribuye por estos días en la Argentina .

Las tijeras estaban sobre la mesa. Tenían un tamaño desmedido. Mi padre las había usado para rebanar pollos. Desde que él murió, Jorge las lleva a todas partes. Tal vez sea normal que un psicópata duerma con su pistola bajo la almohada. Mi hermano no es un psicópata. Tampoco es normal.

Lo encontré en la habitación, encorvado, luchando para sacarse la camiseta. Estábamos a 42 grados. Jorge llevaba una camiseta de tejido burdo, ideal para adherirse como una segunda piel.

-¡Ábrela! -gritó con la cabeza envuelta por la tela. Su mano señaló un punto inexacto que no me costó trabajo adivinar.

Fui por las tijeras y corté la camiseta. Vi el tatuaje en su espalda. Me molestó que las tijeras sirvieran de algo; Jorge volvía útiles las cosas sin sentido; para él, eso significaba tener talento.

Me abrazó como si untarme su sudor fuera un bautizo. Luego me vio con sus ojos hundidos por la droga, el sufrimiento, demasiados videos. Le sobraba energía, algo inconveniente para una tarde de verano en las afueras de Sacramento. En su visita anterior, Jorge pateó el ventilador y le rompió un aspa; ahora, el aparato apenas arrojaba aire y hacía un ruido de sonaja. Ninguno de los seis hermanos pensó en cambiarlo. La granja estaba en venta. Aún olía a aves; las alambradas conservaban plumas blancas.

Yo había propuesto otro lugar para reunirnos pero él necesitaba algo que llamó "correspondencias". Ahí vivimos apiñados, leímos la Biblia a la hora de comer, subimos al techo a ver lluvias de estrellas, fuimos azotados con el rastrillo que servía para barrer el excremento de los pollos, soñamos en huir y regresar para incendiar la casa.

-Acompáñame. -Jorge salió al porche. Había llegado en una camioneta Windstar, muy lujosa para él.

Sacó dos maletines de la camioneta. Estaba tan flaco que parecía sostener tanques de buceo en la absurda inmensidad del desierto. Eran máquinas de escribir.

Las colocó en las cabeceras del comedor y me asignó la que se atascaba en la eñe. Durante semanas íbamos a estar frente a frente. Jorge se creía guionista. Tenía un contacto en Tucson, que no es precisamente la meca del cine, interesado en una "historia en bruto" que en apariencia nosotros podíamos contar. La prueba de su interés eran la camioneta Windstar y dos mil dólares de anticipo. Confiaba en el cine mexicano como en un intangible guacamole; había demasiado odio y demasiada pasión en la región para no aprovecharlos en la pantalla. En Arizona, los granjeros disparaban a los migrantes extraviados en sus territorios ("un safari caliente", había dicho el hombre al que Jorge citaba como a un evangelista); luego, el improbable productor había preparado un coctel margarita color rojo. Lo "mexicano" se imponía entre un reguero de cadáveres.

La mayor extravagancia de aquel gringo era confiar en mi hermano. Jorge se preparó como cineasta paseando drogadictos norteamericanos por las costas de Oaxaca. Ellos le hablaron de películas que nunca vimos en Sacramento. Cuando se mudó a Torreón, visitó a diario un negocio de videos donde había aire acondicionado. Lo contrataron para normalizar su presencia y porque podía recomendar películas que no conocía.

Regresaba a Sacramento con ojos raros. Seguramente, esto tenía que ver con Lucía. Ella se aburría tanto en este terregal que le dio una oportunidad a Jorge. Aun entonces, cuando conservaba un peso aceptable e intacta su dentadura, mi hermano parecía un chiflado cósmico, como esos tipos que han entrado en contacto con un ovni. Tal vez tenía el pedigrí de haberse ido, el caso es que ella lo dejó entrar a la casa que habitaba atrás de la gasolinera. Costaba trabajo creer que alguien con el cuerpo y los ojos de obsidiana de Lucía no encontrara un candidato mejor entre los traileros que se detenían a cargar diésel. Jorge se dio el lujo de abandonarla.

No quería atarse a Sacramento pero lo llevaba en la piel: se había tatuado en la espalda una lluvia de estrellas, las "lágrimas de San Fortino" que caen el 12 de agosto. Fue el gran espectáculo que vimos en la infancia. Además, su segundo nombre es Fortino.

Mi hermano estaba hecho para irse pero también para volver. Preparó su regreso por teléfono: nuestras vidas rotas se parecían a las de otros cineastas, los artistas latinos la estaban haciendo en grande, el hombre de Tucson confiaba en el talento fresco. Curiosamente, la "historia en bruto" era mía. Por eso tenía frente a mí una máquina de escribir.

También yo salí de Sacramento. Durante años conduje tráilers a ambos lados de la frontera. En los cambiantes paisajes de esa época mi única constancia fue la cerveza Tecate. Ingresé en Alcóholicos Anónimos después de volcarme en Los Vidrios con un cargamento de fertilizantes. Estuve inconsciente en la carretera durante horas, respirando polvo químico para mejorar tomates. Quizás esto explica que después aceptara un trabajo donde el sufrimiento me pareció agradable. Durante cuatro años repartí bolsas con suero para los indocumentados que se extravían en el desierto. Recorrí las rutas de Agua Prieta a Douglas, de Sonoyta a Lukeville, de Nogales a Nogales (rentaba un cuarto en cada uno de los Nogales, como si viviera en una ciudad y en su reflejo). Conocí polleros, agentes de la migra, miembros del programa Paisano. Nunca vi a la gente que recogía las bolsas con suero. Los únicos indocumentados que encontré estaban detenidos. Temblaban bajo una frazada. Parecían marcianos. Tal vez solo los coyotes bebían el suero. A la suma de cadáveres hallados en el desierto le dicen The Body Count. Fue el título que Jorge escogió para la película.

La soledad te vuelve charlatán. Después de manejar diez horas sin compañía escupes palabras. "Ser ex alcóholico es tirar rollos", eso me dijo alguien en AA. Una noche, a la hora de las tarifas de descuento, llamé a mi hermano. Le conté algo que no sabía cómo acomodar. Iba por una carretera de terracería cuando los faros alumbraron dos siluetas amarillentas. Migrantes. Estos no parecían marcianos; parecían zombies. Frené y alzaron los brazos, como si fuera a detenerlos. Cuando vieron que iba desarmado, gritaron que los salvara por la Virgen y el amor de Dios. "Están locos", pensé. Echaban espuma por la boca, se aferraban a mi camisa, olían a cartón podrido. "Ya están muertos". Esta idea me pareció lógica. Uno de ellos imploró que lo llevara "donde juese". El otro pidió agua. Yo no traía cantimplora. Me dio miedo o asco o quién sabe qué viajar con los migrantes deshidratados y locos. Pero no podía dejarlos ahí. Les dije que los llevaría atrás. Ellos entendieron que en el asiento trasero. Tuve que usar muchas palabras para explicarles que me refería a la cajuela, el maletero, su lugar de viaje.

Quería llegar a Phoenix al amanecer. Cuando las plantas espinosas rasguñaron el cielo amarillo, me detuve a orinar. No oí ruidos en la parte trasera. Pensé que los otros se habían asfixiado o muerto de sed o hambre, pero no hice nada. Volví al coche.

Llegamos a las afueras de Phoenix. Detuve el coche y me persigné. Cuando abrí el cofre trasero, vi los cuerpos quietos y las ropas teñidas de rojo. Luego oí una carcajada. Solo al ver las camisas salpicadas de semillas recordé que llevaba tres sandías. Los migrantes las habían devorado en forma inaudita, con todo y cáscara. Se despidieron con una felicidad alucinada que me produjo el mismo malestar que la posibilidad de matarlos mientras trataba de salvarlos.

Fue esto lo que le conté a Jorge. A los dos días llamó para decirme que teníamos una "historia en bruto". No servía para una película, pero sí para ilusionar a un productor.

Mi hermano confiaba en mi conocimiento de los cruces ilegales y en los cursos de redacción por correspondencia que tomé antes de irme de trailero, cuando soñaba en ser corresponsal de guerra solo porque eso garantizaba ir lejos.

Durante seis semanas sudamos uno frente al otro. Desde su cabecera, Jorge gritaba: "¡Los productores son pendejos, los directores son pendejos, los actores son pendejos!" Escribíamos para un comando de pendejos. Era nuestra ventaja: sin que se dieran cuenta, los obligaríamos a transmitir una verdad incómoda. A esto Jorge le decía "el silbato de Chaplin". En una película, Chaplin se traga un silbato que sigue sonando en su estómago. Así sería nuestro guión, el silbato que tragarían los pendejos: sonaría dentro de ellos sin que pudieran evitarlo.

Pero yo no podía armar la historia, como si todas las palabras llevaran la eñe que se atascaba en mi teclado. Entonces Jorge habló como nuestro padre lo había hecho en esa mesa: nos faltaba sentirnos culpables. ...ramos demasiado indiferentes. Teníamos que jodernos para merecer la historia.

Fuimos a unas peleas de perros y apostamos los dos mil dólares del anticipo. Escogimos un perro con una cicatriz en equis en el lomo. Parecía tuerto. Luego supimos que la furia le hacía guiñar un ojo. Ganamos seis mil dólares. La suerte nos consentía, pésima noticia para un guionista, según Jorge.

No sé si él tomó alguna droga o una pastilla, lo cierto es que no dormía. Se quedaba en una mecedora en el porche, viendo los huizaches del desierto y los gallineros abandonados, con las tijeras abiertas sobre el pecho. Al día siguiente, cuando yo revolvía el nescafé, me gritaba con ojos insomnes: "¡Sin culpa no hay historia!" El problema, mi problema, es que yo ya era culpable. Jorge nunca me preguntó qué estaba haciendo en la carretera de terracería a bordo de un Spirit que no era mío, y yo no deseaba mencionarlo.

Cuando mi hermano abandonó a Lucía, ella se fue con el primer cliente que llegó a la gasolinera. Pasó de un sitio a otro de la frontera, de un Jeff a un Bill y a un Kevin, hasta que hubo alguien llamado Gamaliel que pareció suficientemente estable (casado con otra, pero dispuesto a mantenerla). No era un migrante sino un "gringo nuevo", hijo de hippies que buscaban nombres en las Biblias de los migrantes. La propia Lucía me puso al tanto. Hablaba de cuando en cuando y se aseguraba de tener mis datos, como si yo fuera algo que ojalá no tuviera que usar. Un seguro en la nada.

Una tarde llamó para pedir "un favorsote". Necesitaba enviar un paquete y yo conocía bien las carreteras. Curiosamente, me mandó a un lugar al que nunca había ido, cerca de Various Ranches. A partir de entonces me usó para despachar paquetes pequeños. Me dijo que contenían medicinas que aquí podían comprarse sin receta y valían mucho al otro lado, pero sonrió de modo extraño al decirlo, como si "medicinas" fuera un código para droga o dinero. Nunca abrí un sobre. Fue mi lealtad hacia Lucía. Mi lealtad hacia Jorge fue no pensar demasiado en los pechos bajo la blusa, las manos delgadas, sin anillos, los ojos que aguardaban un remedio.

Cuando decidimos vender la granja, los seis hermanos nos reunimos por primera vez en mucho tiempo. Discutimos de precios y tonterías prácticas. Fue entonces cuando Jorge pateó el ventilador. Nos maldijo entre frases sacadas de la Biblia, habló de lobos y corderos, la mesa donde se ponía un lugar al enemigo. Luego encendió el ventilador y oyó el ruido de sonaja. Sonrió, como si eso fuera divertido. El hermano que me ayudaba a bajarme los pantalones después de los azotes para sentir la fría delicia del río se creía ahora un cineasta con méritos suficientes para patear ventiladores. Lo detesté, como nunca lo había hecho.

La siguiente vez que Lucía me llamó para recoger un envío no salí de su casa hasta el día siguiente. Le dije que mi coche estaba fallando. Me prestó el Spirit que le había regalado Gamaliel. Yo quería seguir tocando algo de Lucía, aunque el coche viniera de otro hombre. Pensé en esto en la carretera y quise aportarle un toque personal al Spirit. Por eso me detuve a comprar sandías.

No volví a ver a Lucía. Devolví el coche cuando ella no estaba en casa y arrojé las llaves al buzón. Sentí un sabor acre en la boca, ganas de romper algo. En la noche llamé a Jorge. Le conté de los zombies y las sandías.

Al cabo de seis semanas, marcas azules circundaban los ojos de mi hermano. Cortó en cuadritos los dólares que ganamos en las peleas de perros pero tampoco así nos llegó la culpa creativa. No sé si sacó esa idea de los castigos en la granja, a manos de un padre de fanática religiosidad, o si las drogas en la costa de Oaxaca le expandieron la mente de ese modo, un campo donde se cosecha con remordimientos.

-Asalta un banco -le dije.

-El crimen no cuenta. Necesitamos una culpa superable.

Estuve a punto de decir que me había acostado con Lucía, pero las tijeras para pollos estaban demasiado cerca.

Horas más tarde, Jorge fumaba un cigarro torcido. Olía a mariguana, pero no lo suficiente para mitigar la peste de las aves de corral. Vio la mancha de salitre donde había estado la imagen de la Virgen. Luego me contó que seguía en contacto con Lucía. Ella tenía un negocio modesto. Medicinas de contrabando. Era ilícito pero nadie se condena por repartir medicinas. Me preguntó si yo tenía algo que decirle. Por primera vez pensé que el guión era un montaje para obligarme a confesar. Salí al porche, sin decir palabra, y vi la Windstar. ¿Era posible que el "productor" fuese Gamaliel y los dólares y la camioneta vinieran de él? ¿Jorge era su mensajero? ¿Traía a la casa los celos de otra persona? ¿Podía haberse degradado con tanto cálculo?

Regresé a mi silla y escribí sin parar, la noche entera. Exageré mis encuentros eróticos con Lucía. En esa confesión indirecta, el descaro podía encubrirme. Mi personaje asumió los defectos de un perfecto hijo de puta. A Jorge le hubiera parecido creíble y repugnante que yo actuara como el hombre débil que era, pero no podía atribuirme esa magnífica vileza. Al día siguiente, The Body Count estaba listo. Sin eñes, pero listo.

-Siempre puedes confiar en un ex alcóholico para satisfacer un vicio -me dijo. No supe si se refería a su vicio de convertir la culpa en cine o de saciar celos ajenos.

Jorge le hizo cortes al guión con las tijeras para pollos. El más significativo fue mi nombre. El ganó dinero con The Body Count, pero fue un éxito insulso. Nadie oyó el silbato de Chaplin.

En lo que a mí toca, algo me retuvo ante la máquina de escribir, tal vez una frase de mi hermano en su última noche en la granja:

-La cicatriz está en el otro tobillo.

Me había acostado con Lucía pero no recordaba el sitio de su cicatriz. Mi refugio era imaginar las cosas. ¿Era ese el vicio al que se refería Jorge? Seguiría escribiendo. Esa noche me limité a decir:

-Perdón, perdóname.

No sé si lloré. Mi cara estaba mojada por el sudor o por lágrimas que no sentí. Me dolían los ojos. La noche se abría ante nosotros, como cuando éramos niños y subíamos al techo a pedir deseos. Una luz rayó el cielo.

-12 de agosto -dijo Jorge.

Pasamos el resto de la noche viendo estrellas fugaces, como cuerpos perdidos en el desierto.

lunes, marzo 03, 2008

LEJOS DE LA NOSTALGIA

No conocía a Leonardo Tarifeño hasta que el sabado pasado publicó esta nota en el suplemento cultural ADN del diario La Nación de Buenos Aires. Quería compartirla con ustedes.

Interpol y la fuerza del nuevo rock
La banda neoyorquina, que llega a la Argentina el sábado próximo, prueba que los nuevos grupos nada tienen que envidiarles a las viejas glorias del género, hoy recicladas por la industria. No todo tiempo, por pasado, fue mejor, decía Spinetta

Ojalá esto no atente contra la capacidad de ahorro de la Argentina, pero la verdad es que el concierto que Interpol dará el próximo sábado a las 21 en el Gran Rex porteño justifica romper el seguramente ya castigado chanchito, al menos lo suficiente para pagar por alguna de las carísimas entradas (de 90 a 180 pesos) que se interponen entre el amante del buen rock y uno de los mejores grupos actuales, la estrella más brillante de la galaxia indie. Miembros honoríficos del club de los rockeros retro , estos neoyorquinos han sabido darle una modernísima y enriquecedora vuelta de tuerca a la herencia de Joy Division, Sonic Youth y Pixies, y su sonido oscuro e hipnótico los ha consagrado como una banda de culto desde su debut, el extraordinario Turn on the Bright Lights (2002). Dos años más tarde, Antics amplió el horizonte creativo de Paul Banks y los suyos con atmósferas plenas de matices, y ahora, el Our Love to Admire que presentarán en nuestro país renueva tanto el rumbo musical de estos perversos Fab Four como el juicio -muchas veces, prejuicio- que tiende a catalogar el nuevo rock como el pariente pobre de un pasado mítico, donde en teoría todo fue mejor y al que ninguna novedad podría, jamás de los jamases, hacerle alguna sombra. Lo curioso del asunto es que las canciones y el éxito de Interpol sugieren que el presente puede ser tan notable como los presuntos buenos viejos tiempos. Y recuerdan que, en todo caso, la percepción contemporánea del rock se da en un marco tecnológico, económico y mediático inexistente en las épocas de gloria de Led Zeppelin, The Clash o The Cure, que condiciona la forma de ver y consumir este tipo de música. Hoy vivimos una situación en la que, como la crisis de la industria discográfica no deja de hacer evidente, las nuevas generaciones prefieren bajar un disco vía Internet o comprarlo en su versión pirata antes que ir a una disquería y pagar -caro- lo que pueden obtener gratis o por menos de la mitad de lo que piden los imperios Sony o EMI, entre otros. Ese cambio de hábitos de consumo dejó a las compañías discográficas a solas con el público de la generación anterior, este sí educado en la compra del disco por los canales de distribución tradicionales, cuyo gusto se cristalizó entre fines de la década del 70 y principios de la del 90. Para sobrevivir, los consorcios multinacionales se vieron obligados a renovar y consolidar ese mercado, apuesta que solo podía funcionar con la oferta de "más de lo mismo" vendido como "más de lo mismo porque no hay, ni hubo ni habrá nada mejor". No en vano, hoy se reviven los años ochenta a través de una poderosa industria del recuerdo que impone la tiranía del karaoke (The Police, Soda Stereo y demás superhéroes de los megaconciertos de estadio), la cultura del cover (de Nouvelle Vague a Señor Coconut, pasando por el Jukebox de Cat Power o el Rock Swings de Paul Anka) y el monopolio del hit jurásico en las radios. Cada banda que resurge de los casetes, cada emocionado reencuentro de músicos que llevaban por lo menos 20 años sin verse aterriza sobre el siglo XXI gracias a ese irreprochable marketing de la nostalgia. Pero creer que esos regresos tienen algo que ver con la música es tan ingenuo -o desinformado- como suponer que en el rock no hay nada nuevo. The White Stripes, Yeah Yeah Yeahs, Franz Ferdinand, Peaches, Cansei de Ser Sexy, The Mars Volta, The Raveonettes, The Raconteurs y los ya mencionados Interpol son algunos de los muchos grupos que hoy deconstruyen la historia con una originalidad imponente, capaz de mantener vivos el espíritu y la fuerza del rock. Lo demás, llámese The Police, Genesis o Soda Stereo, es un pasado muerto y disfrazado de vigencia, covers de lujo y en vivo y en directo, nostalgia VIP para quien no tiene problemas en pagar si eso sirve para sentirse joven. Escuchar ecos de Robert Plant en la voz de Jack White, de The White Stripes, habla más de la supuesta erudición del oyente que de la música en sí misma. Esa percepción a partir del abuso de la comparación ha sido alimentada una y otra vez por la industria discográfica a través de los mass media del rock, quienes para dirigirse a la generación compradora de discos necesitan citar o evocar a los patriarcas del pasado antes que describir al rock actual en sus propios términos, a veces ininteligibles para quienes muy probablemente perdieron el tren de la novedad en algún lugar de los años noventa. Por ejemplo, decir que White es un guitarrista único e incomparable es probablemente exacto, pero el inexacto "nuevo Jimmy Page" construido por las revistas Spin y New Musical Express es más adecuado para el target nacido en la década del 60. Lo mismo sucede con Peaches, muy próxima a Miss Kittin o Felix da Housecat en su trabajo musical, y sin embargo difundida como "la nueva Iggy Pop" sólo porque ambos intercambiaron colaboraciones en los discos Peaches (de la ídem) y Skull Ring (de Iggy). En esa línea, un equívoco similar parece darse cuando se habla de "tradiciones" en el rock, apelando a un lenguaje crítico importado de academias muy lejanas a esta música. En esas "tradiciones" se emparenta a The White Stripes con Led Zeppelin, o a Franz Ferdinand con The Kinks, en un intento por decodificar lo nuevo y sin parangón. Las "tradiciones" se formarían por la cercanía en el sonido, la velocidad de los riffs o la escritura de los coros; sin embargo, es público y notorio que el rock nace y crece como puro juego, diversión y descontrol, algo que esta temeraria especulación crítica pierde de vista por someterse a una dudosa mirada de pretensiones estrictamente musicales. La cuestión de fondo tal vez sea que Franz Ferdinand (nombre que homenajea al archiduque cuyo asesinato dio origen a la Primera Guerra Mundial), Interpol, The White Stripes y The Mars Volta ponen sobre la mesa una realidad que la industria discográfica, aliada con el conservadurismo de cierta generación rockera -parodiada con frescura y lucidez por Peter Capusotto-, no quiere ni imaginar: que los chicos de hoy, la mayoría de ellos enrolados en la escena independiente, suenan mejor que los jóvenes de ayer. Y que la única "tradición" rockera, si es que algo así existe, es la tradición del puro juego, la diversión y el descontrol. Y de la música potente. La misma que palpita en The White Stripes, ese auténtico milagro rockero formado apenas por un guitarrista maravilloso y una baterista milimétrica, cuya fuerza y transparencia ya las querrían no pocos de los grupos que hoy regresan del limbo y llenan estadios. O la que inventa el trío Yeah Yeah Yeahs, pospunk tan chillón y fogoso que hasta se da el lujo de prescindir de bajo. "Lo que me gusta de nosotros es que exploramos ideas de manera tal que ningún punto de vista queda claro -ha dicho Carlos D., de Interpol-. Así, en nuestro trabajo siempre hay un elemento de misterio." Un enigma que también surca la frivolidad neopop de The Raveonettes, la provocación de Franz Ferdinand, la furia blusera de The Raconteurs (con Jack White marcando época en, por ejemplo, "Level", del disco Broken Boy Soldiers ), el fashion punk de Cansei de Ser Sexy, o la psicosis guitarrera de The Mars Volta. Todos emblemas de una época, la nuestra, en que la independencia y el desparpajo recuperan y renuevan la naturaleza del rock, sin necesidad de apelar al pasado, con aportes nuevos, como la fuerte presencia del diseño (muy visible en The White Stripes, Interpol, Franz Ferdinand y The Hives, y en la imagen de comic de The Raveonettes), que supone la adecuación de la cultura al lenguaje contemporáneo, antes que un interés extramusical o de marketing . Y formados en la rigurosa escuela de la actuación en vivo, ya que muchos firmaron su primer contrato después de haber tocado durante años en los circuitos independientes de sus respectivas ciudades de origen. Rock, pues, de pura cepa, que florece por méritos propios, sin que ni siquiera los recuerdos de un pasado igual de brillante lo pueda opacar.
Por Leonardo Tarifeño De la Redacción de LA NACION