lunes, marzo 03, 2008

LEJOS DE LA NOSTALGIA

No conocía a Leonardo Tarifeño hasta que el sabado pasado publicó esta nota en el suplemento cultural ADN del diario La Nación de Buenos Aires. Quería compartirla con ustedes.

Interpol y la fuerza del nuevo rock
La banda neoyorquina, que llega a la Argentina el sábado próximo, prueba que los nuevos grupos nada tienen que envidiarles a las viejas glorias del género, hoy recicladas por la industria. No todo tiempo, por pasado, fue mejor, decía Spinetta

Ojalá esto no atente contra la capacidad de ahorro de la Argentina, pero la verdad es que el concierto que Interpol dará el próximo sábado a las 21 en el Gran Rex porteño justifica romper el seguramente ya castigado chanchito, al menos lo suficiente para pagar por alguna de las carísimas entradas (de 90 a 180 pesos) que se interponen entre el amante del buen rock y uno de los mejores grupos actuales, la estrella más brillante de la galaxia indie. Miembros honoríficos del club de los rockeros retro , estos neoyorquinos han sabido darle una modernísima y enriquecedora vuelta de tuerca a la herencia de Joy Division, Sonic Youth y Pixies, y su sonido oscuro e hipnótico los ha consagrado como una banda de culto desde su debut, el extraordinario Turn on the Bright Lights (2002). Dos años más tarde, Antics amplió el horizonte creativo de Paul Banks y los suyos con atmósferas plenas de matices, y ahora, el Our Love to Admire que presentarán en nuestro país renueva tanto el rumbo musical de estos perversos Fab Four como el juicio -muchas veces, prejuicio- que tiende a catalogar el nuevo rock como el pariente pobre de un pasado mítico, donde en teoría todo fue mejor y al que ninguna novedad podría, jamás de los jamases, hacerle alguna sombra. Lo curioso del asunto es que las canciones y el éxito de Interpol sugieren que el presente puede ser tan notable como los presuntos buenos viejos tiempos. Y recuerdan que, en todo caso, la percepción contemporánea del rock se da en un marco tecnológico, económico y mediático inexistente en las épocas de gloria de Led Zeppelin, The Clash o The Cure, que condiciona la forma de ver y consumir este tipo de música. Hoy vivimos una situación en la que, como la crisis de la industria discográfica no deja de hacer evidente, las nuevas generaciones prefieren bajar un disco vía Internet o comprarlo en su versión pirata antes que ir a una disquería y pagar -caro- lo que pueden obtener gratis o por menos de la mitad de lo que piden los imperios Sony o EMI, entre otros. Ese cambio de hábitos de consumo dejó a las compañías discográficas a solas con el público de la generación anterior, este sí educado en la compra del disco por los canales de distribución tradicionales, cuyo gusto se cristalizó entre fines de la década del 70 y principios de la del 90. Para sobrevivir, los consorcios multinacionales se vieron obligados a renovar y consolidar ese mercado, apuesta que solo podía funcionar con la oferta de "más de lo mismo" vendido como "más de lo mismo porque no hay, ni hubo ni habrá nada mejor". No en vano, hoy se reviven los años ochenta a través de una poderosa industria del recuerdo que impone la tiranía del karaoke (The Police, Soda Stereo y demás superhéroes de los megaconciertos de estadio), la cultura del cover (de Nouvelle Vague a Señor Coconut, pasando por el Jukebox de Cat Power o el Rock Swings de Paul Anka) y el monopolio del hit jurásico en las radios. Cada banda que resurge de los casetes, cada emocionado reencuentro de músicos que llevaban por lo menos 20 años sin verse aterriza sobre el siglo XXI gracias a ese irreprochable marketing de la nostalgia. Pero creer que esos regresos tienen algo que ver con la música es tan ingenuo -o desinformado- como suponer que en el rock no hay nada nuevo. The White Stripes, Yeah Yeah Yeahs, Franz Ferdinand, Peaches, Cansei de Ser Sexy, The Mars Volta, The Raveonettes, The Raconteurs y los ya mencionados Interpol son algunos de los muchos grupos que hoy deconstruyen la historia con una originalidad imponente, capaz de mantener vivos el espíritu y la fuerza del rock. Lo demás, llámese The Police, Genesis o Soda Stereo, es un pasado muerto y disfrazado de vigencia, covers de lujo y en vivo y en directo, nostalgia VIP para quien no tiene problemas en pagar si eso sirve para sentirse joven. Escuchar ecos de Robert Plant en la voz de Jack White, de The White Stripes, habla más de la supuesta erudición del oyente que de la música en sí misma. Esa percepción a partir del abuso de la comparación ha sido alimentada una y otra vez por la industria discográfica a través de los mass media del rock, quienes para dirigirse a la generación compradora de discos necesitan citar o evocar a los patriarcas del pasado antes que describir al rock actual en sus propios términos, a veces ininteligibles para quienes muy probablemente perdieron el tren de la novedad en algún lugar de los años noventa. Por ejemplo, decir que White es un guitarrista único e incomparable es probablemente exacto, pero el inexacto "nuevo Jimmy Page" construido por las revistas Spin y New Musical Express es más adecuado para el target nacido en la década del 60. Lo mismo sucede con Peaches, muy próxima a Miss Kittin o Felix da Housecat en su trabajo musical, y sin embargo difundida como "la nueva Iggy Pop" sólo porque ambos intercambiaron colaboraciones en los discos Peaches (de la ídem) y Skull Ring (de Iggy). En esa línea, un equívoco similar parece darse cuando se habla de "tradiciones" en el rock, apelando a un lenguaje crítico importado de academias muy lejanas a esta música. En esas "tradiciones" se emparenta a The White Stripes con Led Zeppelin, o a Franz Ferdinand con The Kinks, en un intento por decodificar lo nuevo y sin parangón. Las "tradiciones" se formarían por la cercanía en el sonido, la velocidad de los riffs o la escritura de los coros; sin embargo, es público y notorio que el rock nace y crece como puro juego, diversión y descontrol, algo que esta temeraria especulación crítica pierde de vista por someterse a una dudosa mirada de pretensiones estrictamente musicales. La cuestión de fondo tal vez sea que Franz Ferdinand (nombre que homenajea al archiduque cuyo asesinato dio origen a la Primera Guerra Mundial), Interpol, The White Stripes y The Mars Volta ponen sobre la mesa una realidad que la industria discográfica, aliada con el conservadurismo de cierta generación rockera -parodiada con frescura y lucidez por Peter Capusotto-, no quiere ni imaginar: que los chicos de hoy, la mayoría de ellos enrolados en la escena independiente, suenan mejor que los jóvenes de ayer. Y que la única "tradición" rockera, si es que algo así existe, es la tradición del puro juego, la diversión y el descontrol. Y de la música potente. La misma que palpita en The White Stripes, ese auténtico milagro rockero formado apenas por un guitarrista maravilloso y una baterista milimétrica, cuya fuerza y transparencia ya las querrían no pocos de los grupos que hoy regresan del limbo y llenan estadios. O la que inventa el trío Yeah Yeah Yeahs, pospunk tan chillón y fogoso que hasta se da el lujo de prescindir de bajo. "Lo que me gusta de nosotros es que exploramos ideas de manera tal que ningún punto de vista queda claro -ha dicho Carlos D., de Interpol-. Así, en nuestro trabajo siempre hay un elemento de misterio." Un enigma que también surca la frivolidad neopop de The Raveonettes, la provocación de Franz Ferdinand, la furia blusera de The Raconteurs (con Jack White marcando época en, por ejemplo, "Level", del disco Broken Boy Soldiers ), el fashion punk de Cansei de Ser Sexy, o la psicosis guitarrera de The Mars Volta. Todos emblemas de una época, la nuestra, en que la independencia y el desparpajo recuperan y renuevan la naturaleza del rock, sin necesidad de apelar al pasado, con aportes nuevos, como la fuerte presencia del diseño (muy visible en The White Stripes, Interpol, Franz Ferdinand y The Hives, y en la imagen de comic de The Raveonettes), que supone la adecuación de la cultura al lenguaje contemporáneo, antes que un interés extramusical o de marketing . Y formados en la rigurosa escuela de la actuación en vivo, ya que muchos firmaron su primer contrato después de haber tocado durante años en los circuitos independientes de sus respectivas ciudades de origen. Rock, pues, de pura cepa, que florece por méritos propios, sin que ni siquiera los recuerdos de un pasado igual de brillante lo pueda opacar.
Por Leonardo Tarifeño De la Redacción de LA NACION